TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS. LA ESPERANZA ES AUDAZ: JUEVES SANTO PARA SANAR EL MUNDO

TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS. LA ESPERANZA ES AUDAZ: JUEVES SANTO PARA SANAR EL MUNDO

Por Oscar Martín, SJ.

El Jueves santo que celebramos hoy abre el Triduo pascual. Así somos introducidos en el ‘karaku’, en el corazón de la fe cristiana, allí donde Jesús no se para a ‘explicar’ el amor, sino que lo ‘hace: se sienta a la mesa, se inclina a lavar los pies, se entrega. En un mundo golpeado y herido con guerras que se multiplican, con pueblos enteros viviendo en incertidumbre, con miles vidas humanas convertidas en cifra, esta noche no es un paréntesis para ejercer la piedad. Es una luz en medio de nuestra realidad doliente donde se nos invita a contemplar que Dios no huye del sufrimiento humano sino que se dispone, se ofrece a habitarlo por dentro…

En una audiencia general del 23 de septiembre de 2020, el papa Francisco proponía “curar el mundo” desde la esperanza, no como consuelo fácil, sino como fuerza que empuja a tomar responsabilidad. Allí lanzó una frase que, en tiempos como los que ahora vivimos, pude ayudarnos mucho personalmente y a nuestras comunidades cristianas: “La esperanza es audaz; y añade: “animémonos a soñar en grande”, buscando ideales fraternidad, de justicia y de amor social. La esperanza cristiana no es evasión espiritual; es una manera de mirar la realidad sin maquillarla y, aun así, creer que Dios no ha terminado su obra y que pide nuestra colaboración para ello.

Jueves santo nos enseña cómo se vuelve concreta esa esperanza. Jesús no inaugura la Pascua con un discurso brillante, sino con gestos pequeños y decisivos: pan partido, cáliz compartido, rodillas en el suelo, agua en una jofaina, toalla por la cintura… La esperanza se aprende así: sirviendo, no dominando; acompañando, no imponiendo; cargando con el otro, no soltándolo, acercándose, escuchando, acogiendo. Cuando Jesús lava los pies, no está haciendo una escena simbólica, sino que está revelando el estilo, el modo de Dios: amar hasta el extremo, sin buscar atajos. En esa clave lo recuerda también José Antonio Pagola al contemplar la Cena del Señor: la memoria de Jesús no se reduce a rito, sino que nos introduce en una vida entregada y fraterna, donde la Eucaristía empuja a hacernos pan para los demás.

Por eso, ‘curar el mundo’ no es un eslogan humanitario o una estrategia. Es un camino pascual que empieza por una conversión del corazón: dejar de vivir a la defensiva, dejar de medirlo todo por eficacia, dejar de buscar seguridades que nos vuelven indiferentes. En esta audiencia Francisco advertía que no basta aplaudir a quienes sirven: hay que pasar del aplauso a la corresponsabilidad, del reconocimiento a la decisión. Vivir el misterio pascual implica captar que la esperanza debe volverse práctica, es decir, a ser personas y comunidades que se arrodillan ante el dolor y el sufrimiento ajeno, que se arrodilla como Jesús ante los pies cansados de sus amigos.

Quizá por eso esta Pascua nos llega con una pregunta simple y exigente: ¿a quién le estamos lavando los pies hoy? ¿A quién estamos devolviendo dignidad con nuestra cercanía, nuestro tiempo, nuestra palabra, nuestra plata, nuestra capacidad de organizar? Tal vez el gesto más pascual de estos días sea elegir una sola cosa concreta: reconciliarse con alguien, visitar a quien está solo, escuchar sin prisa, renunciar a un comentario que humilla, ofrecer un servicio escondido. La esperanza verdadera es necesariamente audaz; pero casi siempre empieza de manera humilde: la audacia de dar el primer paso.

Hay una verdad que el Jueves santo deja también al descubierto y es que la esperanza no se improvisa, sino que se tiene que debe ser alimentada. Y se alimenta de la Eucaristía como memoria viva de un amor, el de Jesús, que no se retira en ninguna circunstancia; y se alimenta del servicio como lugar donde ese amor realmente se verifica. Si entramos en el Triduo con el corazón abierto, descubriremos que Dios no nos pide una emoción intensa, sino disponibilidad. El Crucificado, que mañana veremos ‘levantado’ en el madero, no nos salva desde fuera, sino desde dentro. Y el Resucitado, que celebraremos en la vigilia pascual, no nos saca del mundo, sino que nos devuelve a él con una esperanza nueva.

Que estos días santos nos encuentren así: no paralizados por el miedo, ni anestesiados por la costumbre, las vacaciones o la comodidad, sino atentos y disponibles. Y es que, cuando la Iglesia vuelve a su fuente: la mesa compartida, el lavatorio, la cruz, el sepulcro vacío, aprende de nuevo lo esencial: la esperanza cristiana no es ingenua; es pascual. Y por eso puede ser audaz.