TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (95). PA´I CARLOS THIBODEAUX, sj: ‘LA BONDAD DE DIOS’ DE VISITA EN PARAGUAY

TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (95). PA´I CARLOS THIBODEAUX, sj: ‘LA BONDAD DE DIOS’ DE VISITA EN PARAGUAY

Oscar Martín, sj

Llegó a Paraguay en 1980, procedente de la Provincia jesuítica de New Orleans, Estados Unidos. Lo hacía junto con otros tres compañeros: Donaldo Bahlinger, Francis Renfroe y Clement Mc Naspy. Su venida y la de los demás, fue fruto de la solidaridad de esta Provincia hermana. Los jesuitas en Paraguay pasaban entonces momentos muy difíciles, después de la expulsión por parte de la dictadura estronista, de un buen grupo de compañeros en la década de los setenta.

Sin tiempo para inculturarse, sin posibilidad de aprender el castellano y menos el guaraní, rápidamente fue destinado a Santa Rosa, en Misiones. Apremiaba la misión. Santa Rosa había sido uno de los lugares que más fuertemente habían sido reprimidos por la dictadura y donde había muchos torturados y no pocos desaparecidos. Además de la pobreza, el dolor, el miedo y la desconfianza eran grandes en todo el distrito. No era un servicio fácil,  más para un extranjero recién llegado, de 50 años y con dificultades para comunicarse. Pero ni estas ni otras muchas dificultades que le salieron en el camino le frenaron en llevar adelante su misión apostólica.

Sus casi 25 años en Santa Rosa y sus más de 15 en San Ignacio completan toda su estancia en nuestro país. No hubo familia en barrios y compañías  de ambos distritos que no haya sido visitada, y muchas veces, por Carlos a lo largo de esos años. Incansable, atento, cercano a las necesidades espirituales y materiales de su gente, especialmente de los más pobres, a todos se entregó sin reserva.

Y lo hizo con todo lo que estaba al alcance de su mano: eucaristías, bautismos, reconciliaciones, visitas a enfermos, misiones, fiestas patronales… Fue enormemente atento y solidario en compartir las ayudas económicas que recibía con los más pobres. Era también conocido como el pa´i de los caramelos, especialmente por los niños  y los ancianos. Esa ‘poha’ no podía faltar, primero de la cabina de su Bandeirante, después de su Toyota Camy y, ya al final de su estancia entre nosotros, de su bolso de artesanía de Santa María, que siempre llevaba consigo. Los caramelos era una manera de mostrar por fuera, la dulzura y el corazón de niño que llevaba por dentro.

Carlos tenía la rara habilidad (que nos sorprendía a varios de nosotros, sus compañeros de comunidad) de comprar provistas a algunos vendedores pobres que tocaban a la puerta, pero provistas que un rato antes él mismo les había regalado… Y se las compraba como si nada, con la mejor de sus sonrisas.

Así era: enormemente sensible a  las necesidades de los demás y sencillo, entrañablemente comunitario y profundamente hermano. Nada de esto le obviaba de un carácter firme, lleno de energía y exigente.

De un inmenso celo apostólico, fue de los que hizo praxis de vida lo que más tarde el Papa Francisco ha consagrado con la frase: “Pastores con olor a oveja”. Soy testigo que ese, su corazón de pastor, se alimentaba de la fidelidad a la eucaristía (me atrevo a afirmar que nunca dejó de celebrarla ni un solo día desde que fue pa í), del amor filial a María (a la Guadalupana la llevaba en su corazón) y de su familiaridad con el Sagrado Corazón de Jesús, Corazón, que no dejó de hacerle más ancho, acogedor y humilde el suyo.

De esa vivencia le brotaba su modo de ser profundamente sonriente y alegre y su alma de niño, al modo como le gusta a Jesús. Esto le hacía ser profundamente agradecido y gozar y disfrutar mucho de las cosas cotidianas y sencillas.

Puedo imaginarme la escena en el cielo. Al Padre comunicándole a Jesús su decisión de traer a Carlos con ellos. A Jesús diciéndole a Carlos: “Bien, siervo bueno y fiel… entra en el Banquete de tu Señor…”,  a un grupo de sus amigos pobres, ayudándole a Pedro a abrir la puerta y, al resto, felices, ultimando los preparativos de gran fiesta. El comentario: “Nos llega un pa´i que supo transmitir a todos el rostro bondadoso del Padre…”. ¡Gracias amigo querido!

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