15 Feb TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (144). ESTRÉS TÉRMICO: LA FIEBRE DEL PLANETA
Por Oscar Martín, SJ.
Ya hace tiempo que el calor dejó de ser solo un tema de conversación. Hoy es un indicador de la época en que vivimos. Esto nos obliga a plantearnos en serio ¿qué le está pasando al planeta?, ¿qué le está pasando a nuestro país?, ¿y qué nos está pasando también por dentro, en la forma de mirar, de decidir y de convivir entre nosotros?
La NASA ha advertido sobre un fenómeno, no muy conocido, pero cada vez más frecuente y grave: el estrés térmico. Es el momento en que el cuerpo ya no logra mantener estable su temperatura interna. En condiciones normales, esa temperatura se sitúa entre 36,5 y 37,5 grados. Cuando sube la temperatura ambiente o aumenta el esfuerzo físico, el organismo intenta defenderse: dilata los vasos sanguíneos de la piel y produce sudor para atenuar el calor. El problema aparece cuando el calor es demasiado intenso o la humedad impide que el sudor se evapore. Entonces la temperatura interna puede superar los 38 grados, llega el agotamiento por calor y, si se aproxima a 40, puede desencadenarse un golpe de calor: desmayos, fallos en la regulación y riesgo real de daño grave, como un infarto. Ahí ya no hablamos de “sensación térmica”: hablamos de una real vulnerabilidad humana.
Lo grave es que esto ya no es un riesgo marginal. Un estudio de la Universidad de Oxford, publicado recientemente en Nature Sustainability, dice que si el planeta alcanza 2 grados de calentamiento -cosa más que probable- el 41% de la población mundial, casi 4 mil millones de personas, vivirán expuestas a calor extremo dentro de 25 años. En 2010 era el 23%. Es decir: se duplicaría la cantidad de personas viviendo bajo umbrales peligrosos, con impactos que no se limitan a la salud: también afectarán el trabajo, la energía, el agua y las migraciones. El calor, en muchos lugares, ya está dejando de ser una “molestia” para convertirse en un factor que expulsa, enferma, empobrece y mata.
La propia NASA recuerda además que los niveles extremos de estrés térmico se han más que duplicado en los últimos 40 años, y que sigue en aumento. Y mientras estas proyecciones se discuten en informes globales, el Cono Sur las siente en la piel, especialmente los millones de personas que trabajan en la calle, en la construcción o en el campo. En los últimos veranos hemos visto olas de calor más largas, más intensas y más persistentes. Por otro lado, agencias internacionales describieron un inicio de año marcado por récords históricos en el hemisferio sur.
Pero hablar de consecuencias nos conduce directamente a pensar en las causas. En Paraguay la crisis climática se amplifica por la destrucción casi completa de nuestros bosques. Es una verdadero dolor comprobar la impunidad con que avanza la frontera agroganadera y cómo sigue presionando, con la venia de las instituciones del Estado, los restos de ecosistemas decisivos para la vida. Los bosques no son una cuestión estética: son agua, son suelo, son sombra, son equilibrio, son futuro. Cuando desaparecen, el país se vuelve no solo más frágil sino también más desigual y los que menos tienen son siempre los primeros en pagar la cuenta.
Aquí aparece una contradicción moral difícil de justificar y hasta de entender: el mismo modelo agroexportador, depredador y extractivista que promete “progreso” es el que apropiando y contaminando el agua, arrasando bosques y concentrando la tierra termina erosionando -hasta poner en riesgo extremo- las condiciones básicas que hacen posible producir: agua, suelos fértiles, equilibrio climático y vida.
Cuando esta estructura se combina con un Estado frágil, capturado y corroído por la corrupción, la ecuación se vuelve insoportable: se festejan las exportaciones y el supuesto crecimiento, pero se calla que seguimos entre los últimos del Continente en salud, educación y protección social, con instituciones fragilizadas y una inversión raquítica en lo esencial para el bien común de las mayorías del país. Crecer no es lo mismo que desarrollarse. Y producir no es lo mismo que cuidar.
Cuidar la vida de los ciudadanos debiera ser la tarea más básica de cualquier Gobierno. Por eso urgen políticas públicas de adaptación y sistemas de alerta temprana; urgen ciudades y pueblos pensados para el calor; urgen condiciones dignas para quienes trabajan al aire libre; urge, sobre todo, el cuidado y la protección de los bosques y del agua. Y urge detener esta lógica de muerte que destruye nuestra casa común y vuelve más y más descartables a los más pobres.
