13 Dic TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (140). GOBERNAR PARA QUIÉNES: CAMPESINADO, REPRESIÓN Y NECROPOLÍTICA EN PARAGUAY
Por Oscar Martín, SJ.
La reciente represión policial a campesinos en la propiedad incautada al narco Cabeza Branca y administrada por la Senabico, no es un hecho aislado ni un simple “operativo de seguridad”. Es una escena donde se condensa cómo se entiende el poder en Paraguay y lo que somos para ese poder. Decenas de familias campesinas: niños, jóvenes, mujeres, adultos, que reclaman con todo derecho un pedazo de tierra para vivir y producir, fueron recibidas con balines de goma, gases lacrimógenos y detenciones. No entraron a una propiedad modelo de desarrollo nacional, sino a una estancia ligada al narcotráfico. Sin embargo, el Estado se movilizó con más rapidez para defender la tierra de un narco que para garantizar el derecho histórico de los campesinos.
La semana pasada citaba a Achille Mbembe y su concepto de necropolítica, retomando a M. Foucault: una forma de ejercer el poder que ya no se limita a administrar la vida, sino que decide quién puede vivir y quién puede ser dejado morir, creando así “mundos de muerte”, donde ciertas vidas se vuelven desechables. Lo que acabamos de ver en santa Rosa del Aguaray es un ejemplo casi didáctico de esa lógica necropolítica. El mensaje que reciben los campesinos es claro: su vida vale poco o nada; lo que tiene valor es la tierra, el negocio, la propiedad, aunque esté manchada por el crimen o el narcotráfico.
Este episodio dice mucho sobre dos cosas: lo que significa el mundo campesino para quienes detectan el poder y, también, el futuro que se les reserva. Para una parte importante de nuestra clase dirigente, el campesinado no es ni sujeto de derechos ni actor estratégico del país. Es un problema a controlar, desplazar y hacer desaparecer. Cuando se organiza y reclama tierra, se activa la maquinaria represiva. El futuro que se le ofrece no es el de la vida digna en el campo, sino el de la migración forzada, las periferias urbanas, el rebusque o la cárcel.
Ante nuestra matriz productiva extractivista, en el artículo anterior me preguntaba por desarrollo, ¿a costa de qué y para quiénes? Ahora la pregunta se desplaza al poder gubernamental, ¿de quién es, para quiénes trabaja y para qué se ejerce? Porque cuando la policía despliega toda su fuerza para desalojar campesinos desarmados de una tierra que fue de un narco, la neutralidad del Estado se vuelve insostenible. No se está protegiendo el interés general, sino un modelo económico y territorial donde el campesinado sobra.
La represión a campesinos e indígenas es histórica en Paraguay y ha adoptado múltiples formas: desalojos violentos, criminalización de líderes, campañas mediáticas, silencios cómplices. Lo doloroso es que, lejos de disminuir tras la caída de Stroessner, en estos años de “transición democrática”, se ha hecho más visible y sofisticada. Hasta el 2012, todavía había dos conceptos que aparecían, al menos en los discursos de campaña: una palabra ya casi en desuso, “reforma agraria”, y otra que todavía tenía fuerza, “agricultura familiar campesina”. Hoy, en la práctica, la primera ha sido enterrada y la segunda ha dejado incluso de figurar en el Presupuesto General de la Nación. Es como si el propio lenguaje oficial hubiera expulsado al campesinado.
El horizonte gubernamental es un país organizado para el agronegocio, el narcotráfico, el contrabando, el extractivismo minero y energético, donde indígenas y campesinos sencillamente no tienen lugar.
Y, sin embargo, la historia no termina en la represión. A pesar de la criminalización de sus líderes, a pesar de los golpes, de las mujeres arrastradas por el suelo y de los niños aterrorizados entre balas y gases lacrimógenos, algo se está gestando. Cada ocupación, cada marcha, cada intento de recuperar tierras malhabidas es también un acto de organización y de conciencia. Frente a una cultura de impunidad, del lucro a toda costa y de la muerte lenta de los pobres, emerge la posibilidad de una nueva articulación de los de abajo.
Ahí reside la verdadera esperanza: en que los “sobrantes” de este modelo no acepten el “no lugar” que se les quiere asignar, sino que sigan levantándose pacíficamente contra la injusticia y reclamando el derecho a vivir y producir en su propia tierra. Mientras haya campesinos dispuestos a arriesgarse por eso, la necropolítica no tendrá la última palabra.
Estos días, en la fiesta de la Virgen de Caacupé, muchos han peregrinado llevando en el corazón precisamente estos rostros golpeados de campesinos. María, la mujer humilde de un pueblo pequeño, supo reconocer la acción de Dios en favor de los pobres y de los que no cuentan. Ella nos recuerda que la esperanza no es ni optimismo ni ingenuidad: es un don de Dios, que nos da la tozuda firmeza de creer que la última palabra no la tiene el poder de muerte, sino la dignidad de los pequeños que se organizan y resisten.
En ese cruce entre la lucha de los de abajo y la fe de un pueblo sencillo, se está gestando, silenciosamente, un Paraguay en justicia y hermandad que todavía nos atrevemos a esperar.
Foto: El Nacional
