TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (138). LA LEY MORAL Y EL PAÍS QUE SOÑAMOS

TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (137)

TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (138). LA LEY MORAL Y EL PAÍS QUE SOÑAMOS

Por Oscar Martín, SJ.

La filosofía no es un pasatiempos de intelectuales ociosos. Pensar filosóficamente es aprender a mirar la realidad y desenmascarar lo aparente; a escuchar lo que el mundo nos reclama. Es una forma de resistencia frente a la superficialidad. Cuando pensamos y vamos hasta las causas de los problemas que vivimos, los comprendemos mejor y, por eso mismo, es posible decidir y actuar con más libertad y verdad.

Una de las cosas que necesitamos como país es justamente eso: pensar más nuestra realidad social, cultural y política, porque algunas cosas que aquí vemos “normales” en realidad no lo son. Cuestiones como el nepotismo, el amiguismo, los acomodos, la figura del “vivo”, no son rasgos anecdóticos y mucho menos, “simpáticos” de nuestra cultura política, sino prácticas que van desgastando y carcomiendo la convivencia pero desde dentro.

Aunque la filosofía de Immanuel Kant es compleja, su ética puede ayudarnos. Kant se preguntó si existe una regla moral que valga para todas las personas y siempre, más allá de razas, culturas o intereses particulares. Y la formuló como: “Actúa solo según una norma que puedas querer que se convierta en ley para todos.”

Dicho en sencillo: si yo hago algo que no quisiera que todas las demás personas hagan, entonces no debo hacerlo. Porque sencillamente estaría rompiendo la base moral de la convivencia.

Lo vemos cada día en nuestra realidad política. Cuando un funcionario, sea presidente, senador, intendente, director de hospital, usa su cargo para colocar a parientes, amigos o correligionarios, conviene hacerse una sola pregunta: ¿querría que todos los que ocupan cargos hicieran lo mismo?

Si un político roba dinero público, acomoda a su familia en la administración o un empresario gana licitaciones a base de coimas, ¿querríamos que esa fuera la regla general de actuación? ¿Podríamos vivir tranquilos en un país donde todos actuaran así?

La pregunta vale también para la educación, la salud o cualquier otro ámbito. Si contratamos a amigos o parientes en lugar de a quienes tienen la capacidad y la formación necesarias, ¿qué esperamos cuando nos toque una cirugía en un hospital o cuando confiamos la educación de nuestros hijos a esas instituciones?

La pregunta kantiana: ¿y si todos hicieran lo mismo…? es implacable porque, a la corta o a la larga, una sociedad en la que todos buscan sacar ventaja para sí mismos o sus grupos de pertenencia es una sociedad que se convierte en invivible, pero para todos. Es una sociedad que termina serruchando la rama misma en la que se asienta.

Ajustar nuestra vida pública sobre la máxima kantiana ayuda a tomar más conciencia de lo que implica la corrupción: no importa si “está casi naturalizada” porque “casi todos lo hacen…”. Importa si puedo querer que sea regla general. Ayuda también a recuperar el valor de lo público: lo público no es botín ni herencia política de los ganadores; es lo que todos debemos poder usar en igualdad.

La máxima kantiana pone al otro en el centro; nos recuerda que las personas no son medios para mis fines, sino fines en sí mismas; y la corrupción convierte a las personas en instrumentos. Pero, además, devuelve dignidad porque cuando actúo según una norma válida para todas las personas, dejo de ser rehén de mis caprichos e intereses y actúo como ciudadano, como ser humano moral.

No es vida vivir según la ley del más “vivo”, sino según la ley del más justo. Y todo puede empezar con una sola pregunta, repetida en cada despacho, en cada municipio, en cada corazón: “¿Desearía que todos hicieran esto mismo que estoy haciendo yo?” Ahí empieza la ética.

Y ahí también empieza la esperanza, porque en el fondo de cada ser humano habita una voz que nos llama al bien, una ley interior que no depende de modas ni intereses personales. Lo expresó Kant con palabras que siguen conmoviendo siglos después: “Dos cosas llenan mi ánimo de admiración y respeto… el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí.”

Esa ley moral, tan silenciosa como poderosa, está también dentro de nosotros. Ojalá sepamos escucharla de nuevo, todos, pero especialmente quienes tienen responsabilidades públicas, para que desde ella podamos levantar juntos un país más justo, más digno y más humano.

Foto: ProCordoba