
08 May TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (119). NO DEFRAUDAR A LOS POBRES Y ‘AYUDAR A DIOS
Publicado a las 18:00h
en Tiempos y Tiempo de Dios
Oscar Martín, sj
Al igual que Ana Frank y Edith Stein, Etty Hillesum fue una joven judía del tiempo del holocausto nazi durante la segunda guerra mundial. Ana Frank fue mundialmente conocida a través de su diario. En él recogió sus vivencias de los dos años y medio de su vida que pasó con su familia y dos personas más ocultándose durante la persecución nazi. Estos finalmente los descubrieron y los separaron. Ana fue llevada al campo de concentración de Auschwitz y después al de Bergen-Belsen donde murió en febrero de 1945.
Edith Stein, posteriormente sor Teresa Benedicta de la Cruz, es también muy conocida para muchos católicos. Judía alemana, discípula y colaboradora de Husserl, era toda una promesa como filósofa. Se convirtió al cristianismo en 1922 y entró como religiosa carmelita. Y fue en el Carmelo de Echt en los Países Bajos donde fue detenida por la Gestapo y llevada al campo de extermino de Auschwitz donde fue asesinada.
Lo de Etty fue un tanto diferente. Perteneciente a una rica familia judía, en el momento de la represión nazi era una joven de 27 años, con una vida bastante mundana y liberal.
Una de las cosas más notables de Etty es que pudiendo haber evitado ir al campo de concentración fue allí por voluntad propia. Etty se determinó a tomar el tren -que todos querían evitar- que conducía a una muerte segura.
Y por eso el testimonio de Etty es sumamente sobrecogedor y único. La inmensa mayoría de los testimonios existentes sobre el genocidio han sido contados por prisioneros, pero una vez que fueron liberados del campo. El de ella es un testimonio desde dentro mismo del campo, un testimonio lleno de consciencia de que el nazismo era un plan de extermino de todo su pueblo y de otros grupos y comunidades perseguidas.
Pero es también un caso excepcional porque, si algo es meridiano en su testimonio, es que se trata de una resistencia al fascismo anclada en lo espiritual. Teniendo en frente la barbarie nazi ella es plenamente consciente que no se podrá escapar del exterminio físico, pero eso no le hace flaquear espiritualmente. Su planteamiento, profundamente inspirador, es encontrar sentido a la vida, incluso más allá de las circunstancias brutales en las que vive. Es decir, descubrió que había que organizar la resistencia comenzando desde el interior; Etty había captado que el plan de terror nazi apuntaba a destruir hasta la raíz misma de la condición humana del hombre; constata que el mal había tomado tal magnitud que no era suficiente la resistencia física o, incluso, la indignación moral, sino que había que superar al nazismo con espíritu y desde el espíritu.
No se desespera ni decae por lo que varios de sus compañeros del campo llaman ‘la ausencia’ o la ‘muerte de Dios’ dentro del campo de exterminio; más bien se concentra en rastrear lo divino de la persona. Su propuesta es salvar lo divino, la presencia de Dios dentro del ser humano. Etty encuentra la presencia invisible de Dios, el sello de Dios en el hombre en la responsabilidad absoluta.
Su descubrimiento, ese llamado a la responsabilidad plena, esa responsabilidad que late dentro del ser humano como presencia divina es también todo un inmenso desafío para nosotros. Dicho con nuestras palabras y aplicado a nuestra propia realidad como país, sería algo así como la exigencia de vivir, elegir y actuar en nuestra vida de modo consciente y libre; de actuar de tal modo que no le privemos al pobre, al indígena, al injusticiado, al indigente ni de la esperanza ni del derecho a la justicia. La exigencia de no defraudarlos porque defraudarlos es defraudar a Dios mismo…
Ciertamente no es lo que hemos visto ni vivido en las pasadas elecciones generales. Las instituciones del Estado no son un botín de guerra propiedad de los ganadores. Como sociedad nos falta despertar, reorganizar y reorientar nuestras energías más genuinamente humanas; aquellas que nos hacen buscar el bien, no de algunos grupos o sectores, sino de todos y muy especialmente de los más indefensos, de los más pobres. Ser capaces de trascender más allá de nuestra propia mezquindad y mirar al otro, no como contrario o vyro, del que nos podemos aprovechar, sino como verdadero hijo o hija de Dios, como hermano o hermana, igual en derechos y en dignidad.