
06 Abr TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (116). SUFRIMIENTO DE JESUS, SUFRIMIENTO DE SUS HERMANOS, SUFRIMIENTO DEL MUNDO: UNA SALIDA
Oscar Martín, sj
No pocos cristianos contemplan el misterio de la cruz del Señor como una especie de acuerdo o pacto entre Jesús y el Padre para lograr la salvación del mundo. Cristianos que todavía piensan que Dios exigió la muerte cruenta de su Hijo como condición para poder salvar a la humanidad del pecado.
Una de las consecuencias de esta tergiversación de la pasión y muerte de Jesús, de esta manera falsa de entender la cruz del Señor, es alejarse de la fe en semejante dios. De un dios, sádico, sanguinario, que solamente se satisface viendo el martirio y la destrucción, hasta de su hijo, cuanto más lejos, mejor…
La otra mirada a la que estamos llamados es a la de descubrir que si Cristo muere en la cruz, no es porque así lo exige un Dios cruel e insaciable, sino porque Dios se mantiene firme y fiel en su amor infinito a los hombres, hasta las últimas consecuencias, incluso cuando éstos le matan a su Hijo amado.
Lo que sucede con la cruz es que, o se derrumba toda nuestra fe en Dios o esta se abre a una comprensión nueva y sorprendente: la de un Dios que nos ama de manera insospechada, inquebrantable y fiel, “hasta el extremo”, como nos dice Juan de Jesús cuando afrontaba su hora.
Una de las cosas claras de este hecho histórico, y que nos habla de una manera definitiva de Dios, es que Jesús se identificaba plenamente con las víctimas inocentes del imperio y con los rechazados y olvidados por la religión judía. Con esto se nos está diciendo con claridad un dato sobre Dios y otro sobre Jesús. Sobre Dios: que no es posible separar a Dios del sufrimiento inocente, de las víctimas, de los injusticiados. Sobre Jesús: que no es posible decir que somos sus seguidores y vivir de espaldas al drama del rechazo, el hambre, la destrucción y la exclusión de nuestros hermanos y hermanas.
Jesús murió crucificado, no porque despreciara la felicidad, sino porque la defendía y la buscaba, pero no para él solo o para sus amigos, sino para todos los seres humanos y de manera preferente para los más olvidados, despreciados e indefensos. Esta es una de las claves de fe más importantes de quienes se determinan por seguir al Crucificado Resucitado: La salvación y la alegría del ser humano no está en el egoísmo autoreferente y consumista, sino en el amor gratuito, amor que se descentra de sí y es capaz de salir al encuentro del otro y sacrificarse hasta el punto de dar la vida por él.
Al contemplar el misterio de la cruz en estos días y tanto sufrimiento presente, a veces dentro nuestro o en nuestro entorno y ciertamente en el mundo, ayuda creer que Dios sufre con nosotros. Acoger con el corazón que a Dios le duele el dolor, la explotación, el hambre, el sufrimiento de sus hijos e hijas. No tenemos certeza de la raíz última de tanto mal. Pero acoger que Dios sufre con nosotros aporta un elemento esencial capaz de transformar todo.
Un Dios así de cercano y de identificado con el dolor de los seres humanos puede ser digno de fe o no. Pero de lo que no cabe duda es que ese Dios crucificado no permite una fe frívola o superficial; tampoco es un dios caricatura de ser Supremo que mira desde las alturas la desdicha de la gente o que se dedica a exigir a sus criaturas sacrificios y a castigarles con sufrimientos. Se trata de un Dios identificado con todos nosotros, que sufre con los que sufren y que busca con pasión, con nosotros y para nosotros, la vida en abundancia.
Pero es muy importante señalar que el hecho del sufrimiento de Dios no significa que Dios es impotente ante el mal o que el mal sea invencible, o que este, incluso, pueda más que Dios. Dios no quiere sufrimiento y sangre, pero no se detiene ni siquiera ante la tragedia de la cruz, y acepta el sacrificio de su Hijo querido sólo por su amor insondable a los hombres.
Sólo el amor vence al mal. Jesús, en fidelidad inquebrantable al Padre, lo aprendió y vivió a plenitud en el camino para que también nosotros, sus seguidores, pudiéramos vivir y hacer lo mismo.