TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (112). 2a FASE SINODAL Y LOS SUEÑOS DE FRANCISCO

TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (112). 2a FASE SINODAL Y LOS SUEÑOS DE FRANCISCO

El papa Francisco está impulsando una renovación profunda de la Iglesia a través de diferentes procesos. De ellos, tres son especialmente significativos: el Sínodo de la Amazonía, la Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe y el Sínodo sobre Sinodalidad que llevamos adelante y que en este momento estamos en su segunda fase: la continental.
Definitivamente, a Francisco no solo le gusta, sino que ve muy importante despertar y echar a caminar procesos en nuestra vida eclesial. Es una manera de provocarnos y desafiarnos para que los cristianos nos los apropiemos, los podamos impulsar y hacerlos vida. El Sínodo sobre sinodalidad es un llamado urgente y nuevo a vivirnos como Iglesia que camina junta, que comparte sus carismas y que se siente enviada desde el compromiso bautismal que nos iguala a todos los cristianos a servir a la humanidad, con la que peregrinamos juntos hacia el Padre.
En la primera fase del Sínodo participaron 112 de las 114 Conferencias episcopales del mundo, 17 dicasterios, 15 Iglesias orientales, además de religiosas/os, y más de mil grupos y asociaciones. La síntesis de esta gran participación dio como fruto el Documento de trabajo para la Etapa Continental, conocido como DEC (se puede ubicar fácilmente en internet). En él se trató de sintetizar las respuestas a las dos preguntas clave de la primera fase: Como Iglesia, ¿cómo caminamos juntos? ¿Qué estamos llamados a vivir?
El DEC, un texto de unas 40 páginas y de cuatro capítulos, es un reflejo de lo que el Pueblo de Dios siente en relación a estas dos cuestiones: expresa sus alegrías y esperanzas pero también sus dificultades, inquietudes y conflictos. El DEC no es un texto doctrinal. Su sentido es profundizar nuestro discernimiento y fortalecer la Iglesia sinodal. Por ello todo el texto debe ser leído con ojos de discípulo, de manera orante y serena.
Si nos fijamos en la parte tercera (que es la que sintetiza la participación de toda la Iglesia) tres preguntas sirven de guía para su lectura: la primera invita a nombrar las intuiciones y las experiencias que nos parecen más nuevas e iluminadoras del documento; la segunda nos pregunta por la tensiones y divergencias sustantivas que vemos en su interior. La tercera, a la luz de las dos preguntas anteriores, nos pide que señalemos las prioridades, los temas más importantes para ser discutidos en la primera sesión de la Asamblea sinodal a celebrarse en Roma en octubre de este año.
Esta lectura orante, personal, tiene como objetivo compartirla en grupo o comunidad con la metodología de la conversación espiritual. Es decir: primero escucharnos con mucho respeto y atención, sin interrumpir al que comparte; después, se subraya y se dialoga sobre lo que nos parece más significativo e inspirador de lo escuchado y, por último, se buscan caminos de consenso, estando atentos a por dónde nos impulsa el Espíritu.
Pero quería detenerme brevemente en la segunda pregunta. Ella pone de manifiesto que en la primera fase hubo también tensiones, críticas, escepticismo, rechazo de algunos grupos católicos al proceso sinodal. Creo que la palabra miedo es la que mejor agrupa esta diversidad de sentimientos y reacciones que tratan, de alguna manera, de frenar el caminar sinodal. El miedo en sus muchas variantes: antropológicas, psicológicas, teológicas, etc. es una realidad propia y natural de todos los seres humanos. Ninguna persona joven o adulta está exenta de experimentarlo en su corazón. Pero también es verdad que en nuestra vida concreta todas las personas adultas nos encontramos con una doble posibilidad a la hora del dar un paso adelante: la opción de consultar a nuestros miedos y quedarse paralizado o la de consultar a nuestras esperanzas y sueños y decidir echarse a caminar.
Francisco, con el Sínodo sobre sinodalidad, apostó por lo segundo porque sus sueños buscan estar en sintonía con los sueños de Dios. Son sueños de una Iglesia que camina junta, pobre y samaritana; una Iglesia que acoge y acompaña, de puertas abiertas, en salida al servicio de toda la humanidad.
Son sueños que despiertan ánimo, alegría y esperanza. En lenguaje ignaciano, son experiencias de consolación que nos hablan de que por ahí sopla el Espíritu.
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