
06 Sep TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (102). EL CARDENAL EN EL BAÑADO: UN INTECAMBIO DE DONES
Oscar Martín, sj
El 27 de agosto quedará como una fecha histórica para la Iglesia paraguaya. Desde ese día nuestro país tiene oficialmente a su primer cardenal, Monseñor Adalberto Martínez, arzobispo de Asunción.
Para un país pequeño en el concierto internacional, con muy poca población y pobre no deja de ser un gran reconocimiento, no solo para nuestra humilde Iglesia católica, sino también desde el punto de vista político.
Si sorprendente fue la nominación de Monseñor Adalberto como cardenal, también puede decirse que su primera actividad pública fue “contra todo pronóstico”: una eucaristía multitudinaria en pleno bañado Tacumbú. En el lugar se dieron cita alrededor de 4000 personas, la mayoría de los bañados Tacumbú, Norte y Sur de Asunción. Y junto a ellas -principales protagonistas de la fiesta- participaron también otros muchos de distintas partes de la ciudad.
La primera celebración del cardenal no tuvo lugar en la catedral metropolitana, en un recinto lujoso o en alguna de las principales plazas de la capital, sino en una zona donde, aparte de los indígenas, miles de hermanos y hermanas sufren la pobreza y la exclusión más hiriente, pura y dura de nuestro país.
La eucaristía del cardenal en el bañado ha sido un hermoso signo profético, al más puro estilo evangélico, con su dimensión de anuncio de un Dios misericordia presente en medio de sus predilectos, los pobres, y de denuncia de un sistema económico agroexportador excluyente y depredador de la vida en todos sus sentidos.
Así lo expresaba un grupo de pobladores: albañiles, vendedores ambulantes y recicladores en el ofertorio de la eucaristía al presentar algunos signos que simbolizaban sus quehaceres de sobrevivencia: ladrillos, yuyos, reciclados…
Ciertamente hay muchos y muy diversos trabajos y modos de ganarse la vida entre los pobladores de los bañados. Pero de todos, creo que el más característico es el de los recicladores, los gancheros.
El filósofo judío alemán Walter Benjamín ya había reparado en los recicladores de su tiempo (los traperos). Hablando de ellos decía que los recicladores disponen de un punto de vista absolutamente privilegiado para analizar la sociedad, esa sociedad que se considera avanzada, desarrollada, moderna, porque al reciclador no se le oculta que el sistema capitalista funciona creando desechos. Las sobras son una realidad pero, sobre todo, la metáfora que nos habla palpablemente de lo caduco del sistema y de la exclusión y muerte que produce.
Cuando el reciclador sale por la noche por la ciudad toma con su gancho o con sus propias manos cartones, vidrios, metales, plásticos, envoltorios de objetos que, tal vez el día anterior pudieron haber contenido algo de gran valor. Pero que ahora, un poco más tarde, no son más que papel, lata o cartón ajado.
El reciclador que contemplamos deambulando por las calles y rincones de nuestra ciudad y de todos las ciudades del mundo, es más consciente que nadie en qué corto espacio de tiempo se pasa de uno al otro extremo: de la belleza, del esplendor, de la farándula o de la atracción de las cosas, al desperdicio y a la caducidad. Es su condición de pobre y de espectador privilegiado y silencioso lo que le hace avivar la conciencia de lo efímero de todas las cosas y de la vida misma. Es lo contrario de lo que a tantos se nos parece olvidar, metidos en lo que pareciera ser un eterno presente pero que, más temprano que tarde se nos cae encima.
Porque cabe decir que el reciclador no solo conoce agudamente y tiene un diagnóstico certero de nuestra sociedad y del tiempo, sino que tiene también una propuesta para salir de la crisis de este sistema de muerte que nos envuelve, nos atrapa y nos deshumaniza.
Y la tiene porque nadie mejor que él se ha enfrentado cara a cara con la miseria. Y sabe por propia experiencia que apegarse a los valores esenciales: de fraternidad y de ayuda mutua, de sacrificio y de persistencia, de austeridad y de respeto al entorno y, sobre todo, de mantener la conciencia de que vivimos en un mundo limitado y frágil y que el Señor nos lo ha regalado para que todos podamos vivir a plenitud, es la único camino verdaderamente digno por donde estamos llamados a transitar los seres humanos.
Hermoso intercambio de los pobres, de los recicladores de los bañados con el cardenal en su visita.
Foto: Arzobispado de Asunción.