
23 Jul TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (101). UCRANIA. REALISMO POLÍTICO Y GEOPOLÍTICA
Oscar Martín, sj
Señalaba la semana pasada que Estados Unidos está padeciendo la doctrina Monroe en su propia carne; ahora es Rusia quien ‘paga a este país con su misma moneda’ al invadir de manera totalmente ilegal a un país soberano para proteger lo que considera también su seguridad nacional puesta en peligro por avance sobre su frontera de Estados Unidos y la OTAN.
Algunos politólogos conocidos como realistas señalan que los estados poderosos usan tres tipos de estrategias bélicas: la guerra rápida, la guerra de desgaste y la guerra de objetivos limitados. La realidad es que Occidente desde el 2014 viene armando a Ucrania para provocar con Rusia una guerra de desgaste y Rusia, mientras tanto, fue preparando su arsenal militar para implementar una guerra rápida, de objetivos limitados en Ucrania. En ese contexto, la estrategia de disuasión fue un fracaso.
La teoría política realista asume que las relaciones internacionales son algo así como un “gran teatro de operaciones”; un espacio donde los grandes poderes definen la dinámica del mundo y donde la relevancia del poder militar como poder de coerción incluso, en un mundo nuclear, es clave. Así pareciera que están sucediendo las cosas: a los ojos de los que han hecho la guerra, los muertos, la destrucción, el dolor de miles de personas dentro del territorio ucraniano y las consecuencias en miseria y hambruna de cientos de millones en el mundo pobre parece ser menos que insignificante.
En esta manera de ver el poder y el dominio, la seguridad-inseguridad, lleva a que la política internacional esté dominada por la competencia en la conquista de posiciones que, tarde o temprano, implicará una inevitable colisión o enfrentamiento. En el caso de Ucrania, es claro que Estados Unidos y Europa Occidental se han arriesgado a cruzar lo que sabía que era la ‘línea roja’ del Estado nuclear de Rusia y no deja de ser fuertemente inquietante la pregunta de hasta dónde están dispuestos a llegar en el uso de la fuerza militar, porque es todo el mundo el que está en grave peligro.
En la reciente cumbre de la OTAN el 29 y 30 de junio pasado uno de los puntos conclusivos señalaba que, “la Federación Rusa es la amenaza más importante y directa para la seguridad de los Aliados y para la paz y la estabilidad en el área euroatlántica”. Otro punto con relación a China decía que, “nos enfrentamos a la competencia sistémica de aquellos, incluida la República Popular China, que desafían nuestros intereses, seguridad y valores (…)”.
Según el Instituto de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI) esto ha significado que el gasto militar mundial haya aumentado en 2021 hasta alcanzar el máximo histórico de 2,1 billones de dólares. Solo Estados Unidos sumó 801.000 millones de gasto, mientras que China se situó en 293.000 millones y Rusia en 65.900 millones.
Como señala un comentarista, con esta guerra, “la geoestrategia de Estados Unidos pareciera que pasa por dividir a la humanidad en dos bloques hostiles: de una parte, Estados Unidos y sus aliados; de otra, Rusia y China y los suyos. Repitiendo escenarios de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos está formando dos frentes: Uno en el Atlántico, con la OTAN como ariete; otro, en el Pacífico, con Japón y Australia como mazos”. Pero tampoco es evidente que China y Rusia busquen un verdadero multilateralismo que respete por igual a todos los países del mundo.
El realismo político que de facto rige en los que toman las decisiones de las grandes potencias se presenta como la única opción. Pero no es verdad que las fuerzas de la política internacional tengan que empujar a los líderes de estas potencias a actuar de la forma inhumana que lo hacen; no es verdad la inevitabilidad conflictiva de la dinámica competitiva; no es verdad la exigencia de políticas despiadadas como estamos viendo. Es una falacia, una falsa verdad que en la geopolítica se tenga que contemplar el mundo como simples bloques, como si no existieran personas, naturaleza, Casa común, como si no existieran opciones morales.
Estamos convocados a crear un mundo más allá de bloques ideológicos, imperialismos y hegemonías; convocados a centrar todas nuestras energías en los desafíos reales de la humanidad: la justicia, la paz, el cuidado de la casa común, la fraternidad y no la dominación, el horror de la guerra y la ambición.