20 Abr Pascua y memoria: esperanza frente al terror de la historia
Este abril, mientras la Iglesia celebraba la Pascua, en Paraguay se cumplen cincuenta años de la llamada “Pascua dolorosa” y de la intervención violenta de la policía del Colegio Cristo Rey. Es muy significativo que ambas memorias: la de la resurrección y la de una de las páginas más crueles de nuestra historia reciente, se crucen en el mismo calendario.
La Pascua dolorosa fue la consumación de un largo Viernes Santo sufrido por campesinos de las Ligas Agrarias Cristianas, estudiantes del Movimiento Independiente y miembros de la Organización Primero de Marzo. Se concretó en torturas, detenciones arbitrarias, desapariciones, exilios. La dictadura colorada de Alfredo Stroessner descargó allí toda su violencia sobre personas concretas, sobre familias concretas, sobre esperanzas y sueños concretos. Y esas huellas siguen ahí.
Pero hay que señalar que recordar todo esto no es un gesto de resentimiento. Es una exigencia de humanidad porque, cuando la historia se llena de sufrimiento injusto, cuando los inocentes son aplastados y los torturadores y las estructuras que los engendran y protegen parecen triunfar, no solo se hiere la vida: se hiere también el sentido de esta. Y, tal vez, para muchos, una de las grandes crisis de nuestro tiempo sea precisamente esa: la dificultad de sostener que la historia tenga algún sentido cuando está tan atravesada por la barbarie. La guerra proxy en Ucrania, el genocidio en Gaza, la guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán y tantas otras, pueden reforzar esa idea.
Mircea Eliade hablaba del “terror de la historia” para referirse a esos momentos en que la historia deja de parecer un camino humano y se vuelve una carga casi insoportable. No solo por el dolor que produce, sino por la opacidad que impone: el mal parece avanzar sin explicación, la injusticia se repite, la violencia extrema se normaliza. Todo tiende a quedar encerrado en el puro acontecer histórico. Y cuando no hay nada más allá de lo inmediato, cuando no hay una justicia que exceda lo visible, el sufrimiento de las víctimas corre el riesgo de quedar sellado para siempre por el absurdo. Por eso es clave, es un regalo, abrirse a lo transhistórico: no como evasión del mundo ni como consuelo fácil, sino como condición para que la historia no se convierta en una cárcel sin salida y para que las víctimas no queden abandonadas a una injusticia definitiva, para que la injusticia no quede impune.
Es justamente aquí donde la Pascua cristiana adquiere toda su fuerza. La fe no niega la dimensión de tragedia de la historia, ni la dulcifica. No llama bien al mal ni inventa explicaciones fáciles. Pero sí afirma algo bien fundamental: que la historia no se agota en sí misma, que está abierta a Dios y que, precisamente por eso, ni la violencia ni la muerte tienen la última palabra.
Los evangelios son muy sobrios, pero insisten en un detalle que es esencial: el Resucitado conserva las llagas, que el Resucitado es el Crucificado. No hay resurrección que borre la pasión, ni gloria que humille la memoria de las víctimas. La resurrección no significa olvido de la cruz, sino la revelación de que la cruz ha sido vencida.
Esto quiere decir que Dios no salva pasando por encima del sufrimiento, sino atravesándolo; quiere decir que en Cristo resucitado las víctimas de la historia no quedan abandonadas para siempre, quiere decir que la injusticia padecida no desaparece mágicamente, pero tampoco queda encerrada para siempre en la lógica del verdugo.
Por eso la esperanza cristiana es escatológica o no es plenamente esperanza. No se trata de un optimismo superficial, sino de la confianza en que Dios hará justicia plena, en que habrá reparación para las víctimas, en que el mal será desenmascarado y vencido. Sin esa promesa, la historia termina siendo insoportable. Con ella, en cambio, el dolor no queda justificado, pero sí puede ser resistido sin desesperación.
Y esta esperanza no debilita el compromiso histórico: lo radicaliza. Justamente porque creemos que Dios no abandona la historia, no podemos abandonarla nosotros… Precisamente porque creemos en la resurrección, no podemos acostumbrarnos a la impunidad, al olvido ni a la humillación del pobre, del torturado, del asesinado.
A cincuenta años de la Pascua dolorosa y de la intervención violenta del colegio Crisro Rey, Paraguay necesita memoria, pero también necesita espesor espiritual y moral para no sucumbir al terror de la historia. Allí donde se pisotean los derechos de los pobres, donde el atropello se vuelve paisaje cotidiano y donde la corrupción encuentra amparo e impunidad, el Viernes Santo vuelve a hacerse historia. Pero allí donde la dignidad no se rinde, donde la verdad se busca con perseverancia y donde la esperanza se niega a ser domesticada, la Pascua sigue abriéndose paso. Y esto porque la fe cristiana no nos permite negar las heridas, pero tampoco nos deja aceptar que sean eternas.
