TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (109) HOMILIA DE LA TARDE DEL SEPTIMO DIA DEL NOVENARIO DE CAACUPE. Los laicos, miembros plenos de la Iglesia, Pueblo de Dios.

TIEMPOS Y TIEMPO DE DIOS (109) HOMILIA DE LA TARDE DEL SEPTIMO DIA DEL NOVENARIO DE CAACUPE. Los laicos, miembros plenos de la Iglesia, Pueblo de Dios.

Muy buenas tardes, hermanos y hermanas. Agradezco mucho a Monseñor Ricardo la invitación a participar con ustedes del novenario. El tema de esta tarde es Los laicos, miembros plenos de la Iglesia, Pueblo de Dios.

En 2016 la Comisión Pontificia para AL celebró en el Vaticano,  una Asamblea  dedicada al compromiso de los laicos en la vida pública. Francisco terminó con una carta donde  dice a los pastores: “Los pastores estamos invitados a acompañar, sostener y servir al pueblo y  al pueblo se le sirve desde dentro. Y hace un llamado a sentirnos parte del pueblo de Dios.

Dice con claridad que a la Iglesia todos ingresamos como laicos, que el bautismo es el primer sacramento, que nos iguala a todos.  Y añade: “A nadie han bautizado pa i, religioso ni obispo. Todos hemos nacido a la Iglesia laicos.

Pero el mismo Papa reconoce en el clericalismo uno de los mayores males de la Iglesia en todo el mundo, una verdadera deformación de la eclesiología del Vaticano II que hay erradicar.

Es un llamado muy fuerte a la conversión de los clérigos. Y dice Francisco: “El clericalismo convierte al laicado en funcionarios, como «criaditos», (como cristianos de segunda) y apaga su fuego profético para llevar el Evangelio en su quehacer social y político. Subraya el compromiso social y político.

Contemplando nuestro país, me preguntaba qué realidades vivimos que precisan ese fuego profético que los laicos en política están llamados a realizar.

Creo una de las realidades más llamadas a ser trasformadas es la inmensa diferencia entre ricos y pobres. No se trata de  cuestionar la existencia de ricos y de pobres. Jesús mismo señala en el Evangelio que los pobres los tendremos siempre con nosotros (Mt 26).

Pero lo que a los cristianos no nos puede dejar en paz es que las diferencias sean tan escandalosas, tan hirientes y sobre todo que estas no dejan de crecer. Y esto en un país eminentemente cristiano y católico. Eso tremendamente doloroso.

Que las diferencias no dejen de crecer se debe en buena medida a ciertas estructuras económicas, ideológicas y políticas.  Una de ellas es la propiedad privada.

Creo que los laicos comprometidos políticamente tienen que tener claridad en que en la tradición cristiana el derecho a la propiedad privada nunca se vio como derecho absoluto, irrestricto o intocable, como se nos quiere hacer creer a veces. En Paraguay ciertos grupos de poder, algunos de raigambre católica, sacralizan la propiedad privada.

La Iglesia Católica entiende el derecho a la propiedad privada subordinado al destino universal de los bienes, que es el que afirma el señorío de Dios sobre toda su creación. El Catecismo n. 2403 “el derecho a la propiedad privada, adquirida o recibida de modo justo, no anula la donación original de la tierra al conjunto de la humanidad”. Por eso Juan Pablo II habló de la ‘hipoteca social’ que pesa sobre la propiedad privada: que los bienes de la creación sirvan al buen vivir de todos.

En Paraguay, si algo tiene que sacralizarse es el destino universal de los bienes. Porque nuestra realidad es que apenas un 2,5% de la población acumula el 85% de sus tierras agrícolas; que solo el 4,5% de la tierra cultivable está en manos de familias campesinas; que el 80% del campesinado, el 35% de la población, no posee tierras para sobrevivir; que las tierras mal habidas (tierras entregadas usurpadores) es de casi ocho millones de ha.

La situación de los indígenas es todavía más patética y dolorosa si cabe. La tierra como riqueza, como patrimonio para el buen vivir de todos los que la habitamos, ha sido violentamente arrebatada, con el apoyo o la complicidad de los poderes del Estado:

Paraguay es un país donde para ciertos grupos de personas todavía es más importante una vaca o una ht. de tierra que 10 años de vida de un ser humano.

Es un país donde se gastan cientos de millones de dólares en rutas para la soja, las vacas, la leche o los ilícitos, pero los pobladores humildes, como los de Pozo Hondo, se mueren de enfermedad por falta de una simple ambulancia que los socorra.

Es un país donde las vacas tienen millones de ha. para su relax y los indígenas viven abandonados por cientos, en las veredas de Asunción, esperando que se les haga justicia, engañados o siendo prostituidos.

Un país donde miles de trabajadores vienen diariamente de todo el Gran Asunción en colectivos viejos y repletos, o arriesgando sus vidas en motos baratas o gastando la mitad de sus pobres salarios en sus chileré solo para llegar a sus trabajos después de 3 ó 4 horas, mientras que las vacas y la soja vienen llegan a destino por rutas hechas con préstamos de deuda externa. Los obreros empleando diariamente tres o cuatro horas de su tiempo para hacer 30 ó 40 km. Las mismas 3 ó 4 horas que necesitan los camiones sojeros o los transganados para hacer 200 km por rutas que en el futuro pagarán los mismos trabajadores con sus impuestos porque en Paragay, quienes en verdad pagan el grueso de los impuestos, no son los sojeros, sino los pobres.

Mientras tanto, para cientos de comunidades del país sigue siendo deuda pendiente tener caminos, agua potable y no digamos salud y educación. El inmenso endeudamiento de estos dos últimos gobiernos tiene mucho con la corrupción y después  con convertir el país en un corredor de rutas para transportar granos, leche y la carne. La población no importa. Se trata de un subsidio indirecto pero descarado que pagan los pobres en favor de los grandes dueños de estos negocios, vía endeudamiento externo. Realmente qué cinismo y qué dolor cuando autodenominan ‘los productores’. Les falta una palabra: de desgracias y de quebranto.

Es importante que los cristianos que están en política puedan entender con el corazón que el latifundio ganadero, sojero, arrocero, y lo que de él se desprende es lo contrario de lo que la DSI dice  con respecto al uso de los bienes; que es lo contrario a lo que Dios quiere para sus hijos.

Pero hay que añadir algo más: que la mentalidad que sobredimensiona el valor de la propiedad privada es una verdadera amenaza para la sociedad. El peligro no son los pobres. Lo son ese tipo de personas que tiene introyectado en su cabeza un doble germen, producto de lo que el Papa Francisco llama el paradigma tecnocrático. Por un lado, creeen que los recursos de la Tierra son ilimitados, inagotables, infinitos y que son para ser explotados y aprovechados al máximo. Y lo segundo es que ese tipo de personas suele creer también que tales recursos (agua, tierra, bosque, energía) son justamente para ellos. Y son para ellos porque se piensan más capaces, mas ambiciosos, más individualistas, más consumistas.

Esta mentalidad dice el Papa nos ha llevado al borde de la destrucción civilizatoria y está amenazando la misma supervivencia humana.

Lo vemos en Paraguay. En Ñeembucu, por ej., contemplamos la práctica destrucción de sus humedales por la explotación masiva de su suelo y del agua, fruto de la plantación indiscriminada de miles y miles de ht de arroz por unas pocas empresas y propietarios. Un caos ecológico inmenso en casi todo el departamento, que continúa. Como continúa la ruina de su agricultura familiar, la destrucción de sus comunidades campesinas, su expulsión, la desertificación.  Si miramos al Chaco o hacia otros departamentos de la zona oriental, la situación es similar. Territorios extranjerizados, prácticamente arrasados por la mecanizada, desaparición de los bosques, de los ríos y arroyos, desertificación, envenenamiento, persecución y expulsión masiva de comunidades indígenas y campesinas, que apenas pueden resistir a esta aplanadora, apoyada por el mismo Estado.

La organización BASE Investigaciones Sociales expresa muy bien esta situación en el título que da a su informe anual 2022 sobre la realidad del país: Con la soja al cuello. Y es que así viven los pobres en Paraguay: para ellos, la soja es una verdadera soga al cuello.

La soja, la joya de la corona del proyecto extractivista agro exportador que tenemos, ha disparado el acaparamiento masivo de la tierra y ha convertido a una gran mayoría de los paraguayos en parias, en sobrantes, mucho más expuestos a cualquier atropello.

Por eso, especialmente en este tiempo de elecciones, debemos prestar mucha atención cuando escuchamos a un candidato decir que la solución para la seguridad ciudadana es llenar Asunción de LINCES.  O cuando escuchamos a otros centrar la problemática nacional en propiedad privada vs. Invasiones. Porque ambos, sin nombrarlos, se están refiriendo a los pobres y con mucho desprecio. En estas expresiones no hay interés en abordar las verdaderas causas de la pobreza, del sufrimiento fruto de la injusticia que padece más de la mitad de la población paraguaya.

Un escritor judío-alemán que vivió el terror de la época nazi en Alemania y que murió fruto de ella, bien consciente de lo que acontecía en su entorno, decía que los pobres viven  siempre en permanente estado de sitio.

Abordar el problema de la pobreza vía garrote de los linces o vía leyes que criminalizan la lucha justa de los pobres por la tierra, como la ley Zavala-Riera, son de los pasos más trágicamente significativos que he visto en los últimos años para que los pobres de Paraguay, especialmente campesinos e indígenas, vivan cada vez más en permanente estado de sitio.

Lo pude ver cuando visitamos la comunidad indígena de 15 de Enero en Nueva Toledo, Caaguasu donde sus 30 familias, con muchos niños menores de 12 años, fueron violentamente desalojadas por más de 400 efectivos, entre policías y guardias privados de la estancia vecina. No faltó el helicóptero para sembrar el terror en las criaturas, ni la ambulancia para lo que fuera necesario; tampoco la quema de chacras, de sus humildes hogares, el robo de sus animales domésticos, de sus útiles de trabajo, de sus motos. Tampoco faltó la presencia de una fiscala…

De agosto a agosto han sido más de 14 desalojos y más de 6500 personas afectadas: hombres, mujeres, ancianos, niños y niñas que viven con espanto, incertidumbre y zozobra su presente y su futuro. Su delito: haber nacido empobrecidos y vivir en chacras y tierras que son codiciadas por quienes han acaparado  miles de hectáreas y, sencillamente, lo codician todo. Y con ellos, un grupo de 6 ó 7 transnacionales a las que sirven y que alimentan este terror.

Como sociedad, como políticos cristianos, como seres humanos, tenemos que reaccionar porque lo que contemplamos, especialmente con los indígenas, son dinamismos indirectos y directos de genocidio. Se les está dejando morir. Demasiada injusticia e inhumanidad pasa delante de nuestros ojos.

En los interesantes programas de Luis Bareiro escuché a varios políticos nuevos la necesidad y su determinación de hacer una nueva política. Y ciertamente el país lo clama, lo necesita con urgencia porque es insostenible, es irresistible continuar como estamos. Entiendo que hay muchos modos de entender que puede ser ‘una nueva política’. En mi opinión, creo un componente clave de la nueva política es la memoria. Es decir,  no puede haber nueva política sin memoria porque la injusticia siempre es histórica. La memoria es la que recuerda que las desigualdades producidas en el pasado tienen relación con el presente, que lo que viven los indígenas y campesinos, se levanta sobre las injusticias pasadas y que hay herederos de ese pasado injusto.

A poco que miremos nuestra realidad del Paraguay vamos a ver que mientras unos han heredado fortunas, otros han heredado miseria, desgracias e infortunio. No ha sido producto de la mala suerte. Y si en este plano memoria es sinónimo de justicia, olvido, omisión, lo es de injusticia, es decir, de vieja política, de la que tenemos hasta ahora y que no queremos más.

En esa visita a 15 de enero, un poco antes de llegar, medio perdidos paramos a preguntar  en una casita pobrísima, al borde del camino, donde había tres niños. La mayor, como de 9 años, vino hasta nosotros; le preguntamos por 15 de enero y nos indicó perfectamente el camino. Y cuando ya nos íbamos, la niña se nos queda mirando y con una inmensa sencillez, nos dice: “Ndapeguerekoi piko galleta…”.  Eran como las 2 de la tarde. Esos 3 niños no habían comido… Frente a su casita: la ruta, el alambrado y restos de un inmenso sojal.

No les queda duda que ese inmenso territorio que estaba en frente de su casita con restos de soja y rodeado de alambre, había sido parte de su territorio ancestral; pero no hace 500 años, o 200 años, hace menos de 50. Un poco más tarde, escuchando a los indígenas desalojados de 15 de enero pudimos comprobar ese dato. Todos tenían perfecta memoria de cómo habían sido desposeídos de esos lugares: de dónde estaba su cementerio, su lugar de culto, el ykua, hasta el takuaraty que había sido plantado por sus abuelos.

Creo que los que con gran deseo de cambio y desde la fe están queriendo impulsar una nueva política para el país deben guardar bien en su corazón unas palabras que el gran evangelizador  Bartolomé de las Casas digiera a los conquistadores de su tiempo al contemplar el sufrimiento al que estaban sometidos los indígenas:   “Del más chiquito y del más olvidado tiene  Dios una memoria muy reciente y muy viva”. Dios no se olvida de sus pequeños!

No tengo ninguna duda que los ojos que nos miraban y la voz que nos pedía galleta eran la de Jesús puesto en cruz. Son miles y miles de Jesús crucificados, pequeños, ancianos y grandes que tienen hambre y hambre de justicia en este país, pero de justicia verdaderamente restaurativa.

No nos engañemos y no engañemos: la nueva política que soñamos (y otra ciertamente no lo va a hacer) debe abordar con honestidad y valentía el tema de las casi 8 millones de ha. de las tierras mal habidas, destinadas a la reforma agraria, así como los territorios indígenas, sabiendo que su mejor título de propiedad que ellos pueden mostrar es su propio rostro y su propio nombre: propio de la tierra que habita.

El Papa en la encíclica FT nos presentaba la imagen del buen samaritano como modelo de ser humano. Y nos dice que ante el asaltado del camino, las diferencias entre los personajes quedan reducidas a dos: los que se paran ante el herido y se hacen cargo de su dolor y los que pasan de largo.

Algo así nos cuenta el evangelio de hoy con el enfermo: o somos de escribas y fariseos, de los murmuradores o de los cuatro que se hacen cargo de su sufrimiento y lo llevan a Jesús. Para nosotros hoy, el asaltado en el camino  y paralítico son nuestros hermanos indígenas, los campesinos y otros muchos pobres que viven en régimen de exclusión en  nuestros barrios y ciudades.

Ambos evangelios apelan a nuestros buenos sentimientos para ayudar, para ser más generosos y solidarios. Pero el objetivo de fondo es mostrarnos que el camino para rescatar la humanidad que igual hemos perdido en el camino o no hemos desarrollado nunca, son los pobres.

Que solo cuando nos acercamos y nos hacemos cargo del sufrimiento del otro salimos de nuestro ensimismamiento. Porque es la compasión lo que nos saca del egoísmo para acceder a la existencia plenamente humana;  de una existencia que, aunque esté rodeada de comodidades y lujo, de muchas posesiones y de riqueza, no deja de ser más que mera supervivencia banal y estéril. Es el encuentro con el otro, en lenguaje bíblico: el pobre, huérfano, viuda, lo que nos rescata del  infierno de nuestro egoísmo.

Todos los sabemos, pero importante que nuestros políticos lo recuerden. No tenemos más que una vida que vivir y es la compasión lo que nos convierte en próximos, en seres verdaderamente humanos. Es lo que nos hace verdaderamente políticos.

Una vez escuché una entrevista por Tv. a un empresario muy reconocido de Asunción. De esos empresarios -no propietarios- que ciertamente tenemos en Paraguay, que se arriesgan y gozan generando riqueza, pero no para ellos no más, sino para compartir también a otros y mejorar el país.

En la conversación, el empresario contaba que aparte de pagar el sueldo a sus empleados, también compartía con ellos las ganancias de la empresa. El entrevistador, muy sorprendido preguntaba con insistencia cómo es que hacía eso, dado que él era el dueño, y que con pagar el sueldo ya era suficiente.

El empresario, pacientemente le volvía a explicar que para él era justo compartir también las ganancias porque gracias al esfuerzo de todos, la empresa iba como iba. Ante la insistencia del entrevistador, que no terminaba de entender ese modo de proceder, el empresario finalmente se le queda mirando fijo y le dice: “che amigo, mortaja naibolsilloi”.

Ese empresario había descubierto con toda hondura que no hay mayor felicidad en la vida que, con lo que somos y tenemos, colaborar en la felicidad de los demás, porque a Dios volvemos como nacimos: desnudos. Por eso también podemos decir que no hay mayor fracaso en la vida que vivirla para morir, para luego ser enterrado y, en todo caso, recordado como el más rico o el mayor estanciero del cementerio.

María de Caacupé, nuestra Madre, estará feliz que entre todos nosotros, sus hijos e hijas, construyamos un país donde podamos vivir como hermanos, poniendo al servicio unos de otros lo que -sin merecimiento ni mérito alguno- nuestro Padre Dios nos ha regalado.

Etiquetas: